lunes, 9 de mayo de 2011

EL ALARIDO EN LLAMAS

El alarido en llamas
Lunes, 02 de Mayo de 2011 09:13
portinari12(APe).- Cuando Graciela Araya chasqueó el encendedor sobre su cuerpo empapado de nafta, no era una excluida. Era un mosaico des-privilegiado de un Estado que implica, como base constitutiva, la inequidad. Un monstruo multicéfalo, el Leviatán de Hobbes, que no desecha al estado de naturaleza fuera de las fronteras de su originario pacto social sino que sostiene su esencia en la médula de la violencia y la desigualdad.
Sólo soñaba una casa. Una casita. Con mesa y mantel y una cena tranquila después del arduo peregrinar pirquinero. Del derrotero penoso del colador cotidiano que a veces retiene la arenilla dorada. Y es una fiesta la migaja caída de la gran boca de la Barrick que quiere devorarse las entrañas del Famatina. Del cerro dorado que pone los pies para que la gente sin tierra le arrime sus chapas. Una casita. Nada más. Donde descansar los huesos y oír respirar a los niños como un duenderío de las madrugadas.
El pacto que encarna ese Estado donde ella no era una excluida es, dice Alessandro Baratta, “un pacto entre una minoría de iguales que excluyó de la ciudadanía a todos los que eran diferentes. Un pacto de propietarios, blancos, hombres y adultos para excluir y dominar a individuos pertenecientes a otras etnias, mujeres, pobres y, sobre todo, niños”. Y en la segunda pata de este pacto desigual dominante - dominado entrañó a las gracielas arayas de los arrabales del mundo. Puestas a ocupar el vértice de la historia donde se talan los sueños y se bajan las persianas del amanecer.
Cuando chasqueó el encendedor sobre su cuerpo empapado de nafta era una silente, una invisible, una desterrada. Con su propio fuego se hizo ver. Brilló de pronto, como el oro que aparece muy de vez en vez en la rejilla.
Vivía con su familia en un campamento minero, con módulos de chapa. Ella y su marido tienen la espalda arqueada y se les clava el destino como una faca en la cintura. Viven de juntar el oro que se lleva el río. A veces los días y las noches desfilan como fantasmas envelados, desvelados, sin que el barro descuelgue un brillo mínimo en el torrente.
Ella soñó con una casa. Una casita breve, con bloques encimados, puerta y ventana como para asomar a las lluvias persistentes del verano. No más que eso. El intendente se la prometió una vez. Pero hay memorias tenues. Y planes definidos que la necesitan a Graciela Araya sin techo y en el borde para subsistir en su estructura destinada al sustento de los privilegiados. Que no es sin el descarte de los otros. Sin la desigualdad sistemática y sistémica. Sin la violencia intrínseca del despojo y la literal del castigo.
Cansada de esperar, harta de espiar por la mirilla los actos oficiales, con el desasosiego del no tácito, ni siquiera pronunciado, Graciela Araya se paró delante del palco donde el intendente de Famatina festejaba el aniversario del pueblo entregando viviendas. Buscó los ojos del intendente, quiso que la viera, deseó conectarle la tenue memoria. Pero vio la chapa de sus paredes sin ventana donde asomar a su puesta del sol pirquinera. Y pisó su suelo doméstico de tierra y piedras que se humedece a la noche cuando tiene que acalorar el catarro de sus niños a fuerza de pecho y nanas.
Cuando chasqueó el encendedor sobre su cuerpo empapado de nafta supo que ésa era su rebelión. Su pequeña y anónima revolución. El fuego y el olor de su ropa y de su carne quemada escandalizaron la fiesta social y el cumpleaños selectivo.
Su incendio público fue su insurrección personal. Pero también el grito extemporáneo de los silentes y los confinados. El alarido en llamas de los nadie.


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domingo, 1 de mayo de 2011

LOS OTROS


Los otros 05/04/11 Por Claudia Rafael

(APe).- El día en que Ruth Paradies montó sobre el tren en la estación ferroviaria de Berlín supo que su partida ya no tendría vuelta atrás. Tal vez por eso no giró la cabeza para mirar a los ojos de su madre. Tal vez por eso se aferró a otros adolescentes judíos que, como ella, buscaban huir de aquella Alemania nazi hacia un lugar en el mundo que se abriera a su paso como tierra nueva. Y sin imaginar que cuarenta años más tarde, los dictadores argentinos torturarían con más saña a su hijo menor -al que aún no soñaba concebir- por su calidad de judío. Las migraciones en el mundo han acompañado la historia misma de la humanidad como un sello indeleble. Colectivos humanos que dejan atrás esa patria que los aplasta, los persigue, los hambrea y les alza tantas veces ante los ojos una desbordante opulencia. Con la ñata contra el vidrio, los bienestares de los detentadores de derechos pasan ante los propios ojos con la ostentación de los poderosos. Fronteras adentro y fronteras afuera de la propia tierra los desarrapados se elevan con celeridad a la categoría definitiva de “los otros”. Un informe estadístico de la Secretaría de Derechos Humanos bonaerense concluyó que los pobres y los inmigrantes son víctimas de la discriminación en mucha mayor medida que los homosexuales o los enfermos de sida. Encabezan la lista los pobres, con el 67,5 por ciento seguidos por los inmigrantes de naciones limítrofes, con el 48,9 por ciento. Aunque a la hora de medir incidentes concretos el 28,8 por ciento fueron las discriminaciones por el color de la piel; el 27,5 por ciento, por xenofobia y el 21,2 por ciento por nivel socioeconómico. Mucho más abajo en la pirámide aparecen las conductas segregatorias hacia discapacitados, homosexuales y portadores de Hiv. Cuando Ricardo Bucio Mugica, presidente de la Comisión para Prevenir la Discriminación de México, decía que “la discriminación es una práctica social excluyente que ha sido construída histórica y socialmente” ponía el eje de su mirada en esa categorización entre “nosotros y los otros”. Categorización en la que cabe de lleno la definición de la antropóloga Dolores Juliano cuando plantea que “a todos 1os grupos subalternos se les ofrece la misma falsa disyuntiva: integrarse en la cultura dominante, transformándose en malas copias o mantener su especificidad al precio de la desvalorización. Esto es inevitable si no se cuestiona la premisa mayor implícita: la validez más elevada de 1os logros culturales de la sociedad receptora”. El gran interrogante, sin embargo, radica en las responsabilidades del poder en la construcción de esos “enemigos” sobre los que habrá que hacer caer no sólo el peso agobiante de “la ley” sino además en el abono de la mirada de recelo y sospecha de los que todavía “pertenecen”. Cabe analizar los discursos del poder que propiciaron históricamente la identificación de pobres con delincuentes. Durante los devoradores años 90 hubo varios gobiernos provinciales que ofrecían a comitivas de desocupados el traslado a otras provincias con promesas vanas de trabajo cosechas temporales en tren de combatir la “delincuencia”. Pero no es necesario ir tan lejos en el tiempo. Porque la mirada sistemática de soslayo que la infancia ha tenido y sigue teniendo tiene directa relación con su expuesta vulnerabilidad. No es casual que los chicos -más aún si son adolescentes- en situación de calle sean ubicados en la categoría de “potenciales delincuentes”. Si bien desde el territorio del derecho se insiste en negar la “criminalización de la pobreza” como práctica actual, sigue constituyendo delito dormir en las calles, asustarse y huir ante la llegada de la policía. Entonces ¿puede alarmarnos acaso que el 67,5 por ciento de los pobres sean discriminados o que también lo sean el 48,9 por ciento de los inmigrantes? Podríamos darle miradas sociales, políticas o económicas y también podríamos remontarnos a aquellas viejas prácticas de extranjerizar al nativo que tan bien ponían en práctica los colonizadores de estas tierras. Pero también se podría hacer un salto al 2000 y a aquella tapa de “La Primera”, la revista que dirigía Daniel Hadad, en la que se leía como título central “la invasión silenciosa” sobre la imagen de un joven morocho, de cabello renegrido, labios anchos y desdentado, con una bandera argentina y el obelisco detrás. Y en la que se publicaban frases como “el nuevo inmigrante sería como un insecto invasor y depredador”, “hoy utilizan nuestros hospitales y escuelas, toman plazas y casas, ocupan veredas, y les quitan el trabajo a los argentinos”, “llegan a Buenos Aires a punto de parir y dan a luz en un hospital público” o “como los peruanos comen parados, parte de la comida cae sobre la vereda”. Y, sin ir tan lejos, se podría viajar en el tiempo a las tomas de tierras en el Parque Indoamericano y al jefe de gobierno, Mauricio Macri, diciendo que la semilla de todos los desmadres arrancaba con la “inmigración desenfrenada”. Y refrendado luego en las coberturas periodísticas: en Canal 9 se utilizó la palabra “intrusos” de “varios de los ocupas, habitantes de la Villa 20 que en gran parte son oriundos de países vecinos”; en Radio Mitre, una periodista planteó que “estoy de acuerdo con que en la Argentina hay una inmigración desenfrenada. Y me hago cargo de lo que digo: acá hay inmigración de baja calidad”. O, en 2009, a las tierras de Gustavo Posse mientras hacía construir un murallón que frenara “la acción delictiva” de los que vivían más allá del bienestar de los incluidos. Pobres, inmigrantes, desclasados, excluidos, expatriados, desterrados, expulsados, descartados, relegados, olvidados, perseguidos, vapuleados, segregados, abandonados, vulnerados. Son los condenados de la tierra. Los que no tienen. Los que no poseen. Los que no tienen derecho a reir desmedidamente hasta que el estómago duela de felicidad. Los que persiguen los gobiernos y despechan los integrados. Los que no tienen y golpean las puertas que separan sus pasos de la lejana patria de la dignidad.