jueves, 28 de julio de 2011

ARIEL, COMO UNA MARIPOSA


Ariel, como una mariposa
Por Silvana Melo
Martes, 26 de Julio de 2011 08:47
(APe).- Para Ariel, el día verdadero empezaba a las cuatro de la tarde. Dejaba atrás ocho horas de trabajo para saborear despacito una celebración que a los 22 es intensa, entrañable. El 20 de julio es un día para reírse con ruidos y boca enorme, para juntarse con brazos largos y alma bailantera. Pero Ariel no pudo.
Jamás se imaginó que a la vuelta de la esquina lo esperaba el azar sistemático con el que suele excusarse el brazo represivo del Estado. Una bala le atravesó la cabeza y el sueño acabó brutalmente. Ni fiesta ni mañanas ni tiempos por venir. La nada en sangre frente a un caño que aún humea. Frente a la pistola Bersa Thunder que humeará siempre ante la muerte joven. Ante los retoños que se arranca violentamente el sistema de ramaje seco que no tolera las insolencias de la primavera.
El suboficial Mendoza y la versión Federal primerearon con una heroica persecución de dos delincuentes armados, una pistola que se le cayó en el revoltijo y un disparo desquiciado que fue a terminar su carrera en la primaverita incipiente de Ariel. El uniforme de la Federal lleva sus chapas salpicadas por el barro maloliente del Riachuelo. El último barro que respiró Ezequiel Demonty, cuando lo obligaron a tirarse y nadar en el infierno de veneno y podredumbre. Y a morirse. Como corresponde a la prepotencia de la juventud, a la subversión de la pobreza. A la inconveniencia de la piel oscura.
Colocar en la pira de los sacrificios al suboficial Mendoza e incinerarlo como responsable individual y único implica exculpar a una estructura pensada y echada a la calle como fuerza de choque del Estado. Como fuerza bruta de una carroza ideológica donde desfilan los elegidos y corren detrás hasta el desaliento los desterrados: los pobres, los pibes, los débiles. Los que se agrupan, los que se ríen a gritos, los rebelados, los improductivos, los que quedan en el camino para acolchar los pasos del resto.
Exhibir a Mendoza solo en la escena judicial es condenar a Poblete como asesino de Fuentealba. A Franchiotti como el criminal de Kosteki y Santillán. Culpar al dedo en el gatillo feroz del sistema. Donde hay quienes deben morir. O desaparecer. En hondonadas o en cárceles. Por insurrectos. Por jóvenes. Por rabiosos resistentes a su propia exclusión.
Mendoza no perseguía delincuentes. Dejó su puesto de custodia para repeler el ruido infamante de la alegría. Para correr a un grupo de chicos que festejaba a manotazos y carcajada con aliento a cerveza. Terrible amenazas para la seguridad ciudadana. Disparó o tropezó con su propia ansiedad de castigo y/o muerte estructuralmente programada. Como un chip que la cronometría estatal dispone para reaccionar ante el estímulo del joven, del pobre, del peligro que acecha el orden social. “Temíamos por la inseguridad y nos mató la policía”, lloraba en desconcierto la familia de Ariel. Que no era pobre ni moreno. Pero era joven. Y sintió que el propio orden social que le garantizaba el brazo predador del Estado lo devoraba como equivocado. Como por un error que no es. Porque los muertos bien muertos son los pibes de rumbo talado que tragan la cicuta del Riachuelo o asoman sus huesos de los containers. Aquellos que no pueden temerse a sí mismos como lo hace tras sus alarmas y sus perros el orden social cuidadosamente delimitado.
A Ariel lo mató una bala que buscaba corazones jóvenes. Detuvo el suyo -que planeaba celebrar la amistad horas después- como pudo haber detenido la carcajada rebelada de quienes se daban la mano y juntaban el puño en saludo de encuentro ahí, a metros de su muerte inexplicable.
A la cuatro de la tarde del miércoles 20, en Paseo Colón y Humberto Primo, Mendoza dejó su puesto en el Renaper y salió a la caza de jóvenes. Dijo que el arma se le cayó y se disparó sola. Impericia, estupidez, negligencia. Y la puntería exacta del azar que taló una vida con un disparo certero en el cráneo.
Un operativo, violencia legal en descontrol, el fervor espontáneo de un efectivo que hacía servicios adicionales. Todo para calmar la celebración ardiente de un grupo de adolescentes. Tan desmedido como una granada para someter a una mariposa.
Ariel supo, brutalmente, que ser joven es tan peligroso como ser mariposa. Que se puede volar pero no tanto. Que a la hora en que suena la alarma que despierta para la vida, hay un arma que se dispara. A veces el horizonte está cerca y el cuerpo puede nadar hasta un futuro que amanece. Otras veces, como para Ezequiel Demonty, el mar es una ciénaga que devora. Para Ariel, un agujero fatal por donde se desmoronan los sueños.

jueves, 21 de julio de 2011

DIGNAS DE SER VIVIDAS


Dignas de ser vividas
Por Gabriel Elías Ganón (*)
Lunes, 18 de Julio de 2011 09:09
boquete-12(APe).- Nuevamente llegan ecos que diseminan el miedo y la preocupación. Como ocurrió durante la crisis financiera internacional, los medios de comunicación social y cierta oposición política al Gobierno no dejan de perder oportunidad para infundir miedo y acercar a la ciudadanía a la sensación de estar viviendo una catástrofe definitiva. Es cierto, no son más que visiones parciales de la realidad de un sistema, el capitalista, que no deja de jugar a su antojo, como bien dice el sociólogo Bauman, casi tanto con el miedo de los más o menos acomodados como con la vida de millones de personas condenadas a la exclusión definitiva. Dentro de este contexto, utilizando, como ocurrió con Axel Blumberg, el lenguaje de otra muerte “no descartable”, parte de la elite política vernácula se ha lanzado a la caza y virtual exterminio de los niños pobres. Su evidente hipocresía los lleva a demandar desde la baja de la edad de la imputabilidad hasta la desaparición del juicio previo, para poder encarcelarlos tan pronto como sea posible. Utilizan curiosos recursos discursivos para imponer sus “nuevas” tecnologías del aniquilamiento, ya no como excepcionalidad sino como práctica habitual. Es decir, nos deshumanizan cuando pretenden que con ellos despreciemos las vidas de esos niños, tan sólo porque no les resultan útiles ni rentables y, lo digan con claridad o no, consideran sus vidas indignas de ser vividas. Quizá por eso prefieren dirigir sus presupuestos para la protección de los más ricos e invertir en vigilancia y en cámaras de video. Con este proceso, tan pronto como les sea posible reclamarán la aplicación de la pena más económica y productiva, la pena de muerte. Parecería que para esta clase política emergente de trajes costosos y oscuros, de la zona más acomodada del país, es necesario continuar y construir su carrera política mediante el desvío de las angustias populares hacia la inseguridad urbana. De esta manera, su lenguaje de muerte mantiene su encono contra los niños pobres a pesar de que las investigaciones del caso Barrenechea terminaron contando otra historia. En este contexto, lanzan respuestas mágicas sin fundamentos estadísticos, buscan soluciones en horizontes de sicarios en los que no impera otra cosa que la ley del revólver –Colombia posee la tasa de homicidios más alta del continente– y rápidamente se molestan movidos por intereses personales contra cualquier voz que pretenda mostrarse disidente y que reclame por las mínimas garantías de un régimen democrático. Naturalmente, en su intención narrativa no todas las muertes son igualmente útiles ni llevan en sí el mismo el poder instrumental de revelación. Quizá por eso la cordura no tiene oferta y pocas muy pocas han sido las voces que se han lanzado contra tanta barbarie deshumanizante a pedir un poco de prudencia y sensatez para empezar a resolver un problema altamente complejo. Es cierto, ya nada funciona como antes y menos aún los mecanismos tradicionales de aplicación de la violencia. Sin embargo, en semejante coyuntura jamás lo resolverán las mágicas modificaciones legislativas a las leyes penales que se reclaman. Con estas propuestas, las nuevas cabezas del populismo punitivo pretenden, por un lado, transformar al sistema penal en una máquina letal contando muertes como cuentan sus billetes, pero sí tendrán más personas y más jóvenes presos. Sin embargo, como en sus palabras sólo suele imperar el oportunismo y el odio, desconocen el decir de Derrida: que cualquier muerte, no sólo la de alguno de sus vecinos, es el fin de un mundo único y por tanto ninguna es en esencia más valiosa que la otra. Por eso se apresuran también a olvidar que no son ni han sido pocos los niños pobres que, superado el hambre, también han muerto violentamente, como el ingeniero Barrenechea. De cualquier manera, como no son ni sus vecinos ni los nuestros y sus voces estarán siempre ausentes aun después de la muerte, jamás llegaremos a conocer sus nombres. ¿Será acaso porque en estos tiempos, en los que impera la sinrazón y la cólera, muchos de nosotros nos dejamos arrastrar enceguecidos por el miedo y comenzamos a sentir que las vidas de esos niños no son dignas de ser vividas y por lo tanto deben ser abandonados por el Estado o a su suerte o a la muerte aleatoria detrás de los muros de una cárcel?


(*) Gabriel Ganón es defensor oficial provincial en Santa Fe.
de:
Pelota de trapo