sábado, 15 de octubre de 2011

MICAELA



Micaela
Por Alberto Morlachetti
Viernes, 07 de Octubre de 2011 08:06
(Ape).- El sabado 17 de septiembre a las 8 horas de la noche, Micaela de 13 años, extraviada en el desamparo de Villa Fiorito, inscribía su muerte, en esta ciudad de efimero stock de memoria. Las balas 9 mm la asesinaron, pero su corazón dejaba puñados puros de ternura.

Hay que estar preparados para escenas fuertes. Villa Fiorito es un pacto político que acaba con tiros en la nuca y un rosario interminable de entierros y sufrimientos, mientras el paco -con aires de matón- se pasea uniformado por sus calles impuras.

Referirnos al notable silencio del Estado y de una buena parte de la sociedad, aunque los pájaros canten sobre las ruinas.



Edición: 2099

jueves, 8 de septiembre de 2011

Cabeza de Leon



Cabeza de león
Por Alfredo Grande
Jueves, 08 de Septiembre de 2011 08:43


“Si la poesía es un arma cargada de futuro, la filosofía es un arma cargada de presente”
(aforismo implicado)



El método de disuadir a los tiros. En Laferrère, un sargento de la Bonaerense disparó contra adolescentes que supuestamente discutían. El sargento dijo que tiró al aire para disuadirlos. Pero los impactos fueron a baja altura. Uno de los proyectiles dio en la nuca de Angel Rojas. Una nena sostenía un cartel: “Angelito, te estamos esperando”. La leyenda sintetizaba la voz de los familiares y amigos de Angel Rojas, de 22 años, que se manifestaron ayer en Gregorio de Laferrère, a metros de donde el joven cayó herido con un tiro en la cabeza efectuado por un policía. Según contaron a este diario sus familiares, y uno de los testigos del hecho, el agente policial Osvaldo Aquino persiguió al muchacho y a sus amigos para terminar ejecutando un disparo que hasta anoche lo tenía internado en coma. Los adolescentes habían salido de un boliche y en medio del tumulto, el efectivo sacó el arma y comenzó a perseguir al grupo en el que estaba Rojas. Ahora, el joven se encuentra internado en coma farmacológico. “Son muchos casos así de la cana. Si no hacés quilombo queda todo en la nada”, exclamó un familiar de Rojas, en medio de la nube de gomas desangradas por el fuego. (Página 12.)


(APe).- Contrariamente a lo que Joaquín Sabina canta, el diario hablaba de ti, Angelito Rojas. Pero pronto, quizá mañana mismo, no hablará más. De Candela seguramente seguiremos hablando, quizá por haber sido trágica profeta en esta maldita tierra. Sabemos que el misterio, lo complejo, la sin razón de la razón que asusta, tiene siempre eco en aquellos que esconden su propia voz. Cuando lo esencial es visible a los ojos, el olvido es más sencillo. “Ah sí, ya se sabe”, dicen que dicen los que nada importante dicen. Y la llamada naturalización, que nada tiene de natural, opera con la misma eficacia que un esterilizador de conciencias. Los desaparecidos en democracia, son todos desaparecidos políticos. De diferentes políticas, pero siempre en relación a las decisiones de los funcionarios responsables de formas atenuadas de la “solución final”. Como farmacológico es un eufemismo para decir que el gatillo fácil, demasiado fácil, transformó un adolescente en un zombie. Una de las formas brutales en que la lucha de clases deja paso al exterminio. No de una persona, sino de todas las personas que cada persona es. Por eso creo que el asesinato de los santos inocentes siempre es genocidio, aunque esté encubierto y camuflado en la retórica reaccionaria de los comunicados oficiales. Por eso creo que hay muertes de una indignidad tal que me indigna, me asquea, me subleva. Muertes que obligan al grito, al insulto, al odio, a la venganza. Muertes que provocan más muertes, porque tampoco el amor puede sostener las toneladas de dolor que toda masacre genera. Y hay otras muertes, aquellas que podemos denominar dignas. Y son aquellas que apenas son una forma de vivir de otra manera. Cuando la muerte aparece en la continuidad de una vida digna de pensamiento, de actos, de creación de nuevos horizontes. Muerte que no es muerte sino apenas cambio de escenario, de vestuario, de escenografía. “No moriré del todo”, como dice Horacio en sus odas. Y quizá, con el perdón de Horacio, pueda decir que no morirá en nada. Nada de él morirá, a diferencia del angelito baleado, que morirá del todo. Aprendí en sus clases que si toda vida es vida cultural, toda muerte es muerte cultural. Y entonces, y acá me guío por una idea de Vicente Zito Lema, la resucitación es posible. Y necesaria. Porque la muerte cultural tiene su propio límite en la cultura que se ha engendrado, preñado espíritu y pensamiento para seguir pariendo. Porque se puede escribir después de la muerte, como sigue escribiendo Silvia Bleichmar. Porque se puede pensar después de la muerte, porque cuando se abren los diques de la cultura represora, aparece un pensamiento pleno que tampoco se puede parar. La parca no puede triunfar cuando la siembra ha sido generosa y la cosecha es eterna como eternos serán los campesinos de esa tierra nueva. Crueldad de la cultura que impide que millones se asomen a esa tierra prometida del verdadero pensamiento. Millones que no están en coma farmacológico, pero están en coma televisivo, mediático, político, económico, incluso amoroso. Viven solamente porque están asistidos por las máquinas que el sistema implanta para ese gran simulacro que algunos llaman “me siento bien”. Pero de lo que se trata es de sostener el corte, la ruptura, el desconcierto. Pensar, por ejemplo, la aventura irresponsable y criminal de la denominada “guerra de Malvinas” que impulsó un general majestuoso para perpetuarse en el poder-joder, como un mecanismo para limpiar la guerra sucia. O pensar que desde el individualismo burgués y sus límites, Freud iba a encontrarse con la cruz de la clase media y media alta, incluso alta, y que lo iba a alejar de la marea de las masas revolucionarias. El desafío era que Marx y Freud fueran diferentes formas de hablar de lo mismo. Por eso escribió: “el sujeto es núcleo de verdad histórica”. Pero claro: histórica pero no de historias oficiales. Hay que bucear en el fundante del sujeto para que esa verdad pueda asomarse. Y ese fundante, organizado como inconsciente histórico, social y libidinal, no llega sino que tenemos que ir a buscarlo. Con menos talento pero con igual empeño, yo lo fui a buscar en la creación del psicoanálisis implicado. Y el Movimiento Chicos del Pueblo permitió un encuentro que lo denominé Crónicas de Trapo. Pero antes estuve cerca, muy cerca, como alumno y como amigo, del pensador y militante que algunos creen que ha muerto. Quizá siga discutiendo con David Viñas, porque a León Rozitchner le gustaba la luz, pero más la discusión vehemente que la posibilitaba. Quizá resolvió no discutir más, o discutir de otra manera, o que nosotros sigamos algunas de las peleas que él comenzó. Yo hacía más de 10 años que no tenía trato directo, cercano, amistoso. Lecturas de sus libros, quizá muchas lecturas de los pocos que leí de los muchos que escribió. Pero que fueron semillas que me atrevo a pensar encontraron buena tierra, o así al menos me lo dicen mis alumnos que fueron a encontrarse con sus libros luego de una “suave sugerencia” mía. En esta tierra donde las madres del dolor nos enseñan que no solo parirás con dolor sino que vivirás siempre con él, León construyó una trascendencia sólida. A contramano de tanta proclamación de lo líquido, lo fluido, lo efímero. Solidez que no se desvanecerá en el aire. Llegó para quedarse. Y amplificarse. La cultura represora habilita para los ángeles caídos sólo dos lugares posibles: ser cola de león o cabeza de ratón. Furgón lastimero de los poderosos o vanguardia sufrida de los desocupados y desterrados. El talento de Rozitchner le habilitó un lugar que la cultura represora no pudo anticipar: ser cabeza de león. Y sus rugidos atronarán por los siglos los cerebros de los represores hasta que estallen. En ese momento, también Angel Rojas saldrá de su coma farmacológico para encontrar su propia eternidad.




Edición: 2082

lunes, 8 de agosto de 2011

Política, Hambre, o Dominación


Ni unidos ni dominados,
Ni revueltos ni atrapados,
Ni postrados ni volando.
Hambreados de estómagos vacíos de ideas,
Hambreados de ideas vacías de sustento base,
Hambreados de hambre puro,
Hambreados de ideas puras.
Desfallecientes del camino,
En busca de verdades de carne y hueso,
Sólo quedan huesos,
Podridos, sin sustento,
Sin sustancia.
Oleadas de putas mentiras,
Oleadas de falsas promesas.
La limosna ya no alcanza.
La miseria me acalambra.
Jujuy en llamas,
Hermanos bajo tierra.
¿quién llora sus ausencias?
Urnas llenas de lágrimas.
Urnas llenas de odios.
Y en Paris,
Descansa la lacra traicionera.
Recarga su ponzoña y se ríe de nosotros.
El señor Burns recarga sus pilas.
El señor Burns nos cubrirá de ácido.
Vos sos bienvenido.
Amén.

Manifestación


Manifestación
Pedro Shimose (*)
Viernes, 05 de Agosto de 2011 08:49
victoria-12(APe).- Con la rabia en el ají,
salgo con mi cóndor bajo el brazo,
cruzo la calle con una piedra en la mano,
camino con un policía vigilándome el hambre,
busco el oído y el ojo de la noche,
pego carteles, corro por las plazas,
grito con una brasa en la lengua,
pinto las paredes: “viva el Che”
me dan agua en manguera,
soy el fuego;
me dan relámpago en humo,
soy la tierra;
me abren una herida donde sea,
soy el pueblo;
me persiguen, me encarcelan, me torturan.
Canto mi libertad, muevo adoquines,
rompo maderas y cristales, canto,
voy a la huelga con mi miedo natural y un sorbo de café caliente;
vuelo por la ciudad, rasgo el aire, trizo las vitrinas,
golpeo las páginas de los periódicos,
derribo puertas, venzo máscaras y cachiporras,
traspaso los umbrales de la historia,
¡soy!

(*) Poeta boliviano de Riberalta, Beni, 1940.

jueves, 28 de julio de 2011

ARIEL, COMO UNA MARIPOSA


Ariel, como una mariposa
Por Silvana Melo
Martes, 26 de Julio de 2011 08:47
(APe).- Para Ariel, el día verdadero empezaba a las cuatro de la tarde. Dejaba atrás ocho horas de trabajo para saborear despacito una celebración que a los 22 es intensa, entrañable. El 20 de julio es un día para reírse con ruidos y boca enorme, para juntarse con brazos largos y alma bailantera. Pero Ariel no pudo.
Jamás se imaginó que a la vuelta de la esquina lo esperaba el azar sistemático con el que suele excusarse el brazo represivo del Estado. Una bala le atravesó la cabeza y el sueño acabó brutalmente. Ni fiesta ni mañanas ni tiempos por venir. La nada en sangre frente a un caño que aún humea. Frente a la pistola Bersa Thunder que humeará siempre ante la muerte joven. Ante los retoños que se arranca violentamente el sistema de ramaje seco que no tolera las insolencias de la primavera.
El suboficial Mendoza y la versión Federal primerearon con una heroica persecución de dos delincuentes armados, una pistola que se le cayó en el revoltijo y un disparo desquiciado que fue a terminar su carrera en la primaverita incipiente de Ariel. El uniforme de la Federal lleva sus chapas salpicadas por el barro maloliente del Riachuelo. El último barro que respiró Ezequiel Demonty, cuando lo obligaron a tirarse y nadar en el infierno de veneno y podredumbre. Y a morirse. Como corresponde a la prepotencia de la juventud, a la subversión de la pobreza. A la inconveniencia de la piel oscura.
Colocar en la pira de los sacrificios al suboficial Mendoza e incinerarlo como responsable individual y único implica exculpar a una estructura pensada y echada a la calle como fuerza de choque del Estado. Como fuerza bruta de una carroza ideológica donde desfilan los elegidos y corren detrás hasta el desaliento los desterrados: los pobres, los pibes, los débiles. Los que se agrupan, los que se ríen a gritos, los rebelados, los improductivos, los que quedan en el camino para acolchar los pasos del resto.
Exhibir a Mendoza solo en la escena judicial es condenar a Poblete como asesino de Fuentealba. A Franchiotti como el criminal de Kosteki y Santillán. Culpar al dedo en el gatillo feroz del sistema. Donde hay quienes deben morir. O desaparecer. En hondonadas o en cárceles. Por insurrectos. Por jóvenes. Por rabiosos resistentes a su propia exclusión.
Mendoza no perseguía delincuentes. Dejó su puesto de custodia para repeler el ruido infamante de la alegría. Para correr a un grupo de chicos que festejaba a manotazos y carcajada con aliento a cerveza. Terrible amenazas para la seguridad ciudadana. Disparó o tropezó con su propia ansiedad de castigo y/o muerte estructuralmente programada. Como un chip que la cronometría estatal dispone para reaccionar ante el estímulo del joven, del pobre, del peligro que acecha el orden social. “Temíamos por la inseguridad y nos mató la policía”, lloraba en desconcierto la familia de Ariel. Que no era pobre ni moreno. Pero era joven. Y sintió que el propio orden social que le garantizaba el brazo predador del Estado lo devoraba como equivocado. Como por un error que no es. Porque los muertos bien muertos son los pibes de rumbo talado que tragan la cicuta del Riachuelo o asoman sus huesos de los containers. Aquellos que no pueden temerse a sí mismos como lo hace tras sus alarmas y sus perros el orden social cuidadosamente delimitado.
A Ariel lo mató una bala que buscaba corazones jóvenes. Detuvo el suyo -que planeaba celebrar la amistad horas después- como pudo haber detenido la carcajada rebelada de quienes se daban la mano y juntaban el puño en saludo de encuentro ahí, a metros de su muerte inexplicable.
A la cuatro de la tarde del miércoles 20, en Paseo Colón y Humberto Primo, Mendoza dejó su puesto en el Renaper y salió a la caza de jóvenes. Dijo que el arma se le cayó y se disparó sola. Impericia, estupidez, negligencia. Y la puntería exacta del azar que taló una vida con un disparo certero en el cráneo.
Un operativo, violencia legal en descontrol, el fervor espontáneo de un efectivo que hacía servicios adicionales. Todo para calmar la celebración ardiente de un grupo de adolescentes. Tan desmedido como una granada para someter a una mariposa.
Ariel supo, brutalmente, que ser joven es tan peligroso como ser mariposa. Que se puede volar pero no tanto. Que a la hora en que suena la alarma que despierta para la vida, hay un arma que se dispara. A veces el horizonte está cerca y el cuerpo puede nadar hasta un futuro que amanece. Otras veces, como para Ezequiel Demonty, el mar es una ciénaga que devora. Para Ariel, un agujero fatal por donde se desmoronan los sueños.

jueves, 21 de julio de 2011

DIGNAS DE SER VIVIDAS


Dignas de ser vividas
Por Gabriel Elías Ganón (*)
Lunes, 18 de Julio de 2011 09:09
boquete-12(APe).- Nuevamente llegan ecos que diseminan el miedo y la preocupación. Como ocurrió durante la crisis financiera internacional, los medios de comunicación social y cierta oposición política al Gobierno no dejan de perder oportunidad para infundir miedo y acercar a la ciudadanía a la sensación de estar viviendo una catástrofe definitiva. Es cierto, no son más que visiones parciales de la realidad de un sistema, el capitalista, que no deja de jugar a su antojo, como bien dice el sociólogo Bauman, casi tanto con el miedo de los más o menos acomodados como con la vida de millones de personas condenadas a la exclusión definitiva. Dentro de este contexto, utilizando, como ocurrió con Axel Blumberg, el lenguaje de otra muerte “no descartable”, parte de la elite política vernácula se ha lanzado a la caza y virtual exterminio de los niños pobres. Su evidente hipocresía los lleva a demandar desde la baja de la edad de la imputabilidad hasta la desaparición del juicio previo, para poder encarcelarlos tan pronto como sea posible. Utilizan curiosos recursos discursivos para imponer sus “nuevas” tecnologías del aniquilamiento, ya no como excepcionalidad sino como práctica habitual. Es decir, nos deshumanizan cuando pretenden que con ellos despreciemos las vidas de esos niños, tan sólo porque no les resultan útiles ni rentables y, lo digan con claridad o no, consideran sus vidas indignas de ser vividas. Quizá por eso prefieren dirigir sus presupuestos para la protección de los más ricos e invertir en vigilancia y en cámaras de video. Con este proceso, tan pronto como les sea posible reclamarán la aplicación de la pena más económica y productiva, la pena de muerte. Parecería que para esta clase política emergente de trajes costosos y oscuros, de la zona más acomodada del país, es necesario continuar y construir su carrera política mediante el desvío de las angustias populares hacia la inseguridad urbana. De esta manera, su lenguaje de muerte mantiene su encono contra los niños pobres a pesar de que las investigaciones del caso Barrenechea terminaron contando otra historia. En este contexto, lanzan respuestas mágicas sin fundamentos estadísticos, buscan soluciones en horizontes de sicarios en los que no impera otra cosa que la ley del revólver –Colombia posee la tasa de homicidios más alta del continente– y rápidamente se molestan movidos por intereses personales contra cualquier voz que pretenda mostrarse disidente y que reclame por las mínimas garantías de un régimen democrático. Naturalmente, en su intención narrativa no todas las muertes son igualmente útiles ni llevan en sí el mismo el poder instrumental de revelación. Quizá por eso la cordura no tiene oferta y pocas muy pocas han sido las voces que se han lanzado contra tanta barbarie deshumanizante a pedir un poco de prudencia y sensatez para empezar a resolver un problema altamente complejo. Es cierto, ya nada funciona como antes y menos aún los mecanismos tradicionales de aplicación de la violencia. Sin embargo, en semejante coyuntura jamás lo resolverán las mágicas modificaciones legislativas a las leyes penales que se reclaman. Con estas propuestas, las nuevas cabezas del populismo punitivo pretenden, por un lado, transformar al sistema penal en una máquina letal contando muertes como cuentan sus billetes, pero sí tendrán más personas y más jóvenes presos. Sin embargo, como en sus palabras sólo suele imperar el oportunismo y el odio, desconocen el decir de Derrida: que cualquier muerte, no sólo la de alguno de sus vecinos, es el fin de un mundo único y por tanto ninguna es en esencia más valiosa que la otra. Por eso se apresuran también a olvidar que no son ni han sido pocos los niños pobres que, superado el hambre, también han muerto violentamente, como el ingeniero Barrenechea. De cualquier manera, como no son ni sus vecinos ni los nuestros y sus voces estarán siempre ausentes aun después de la muerte, jamás llegaremos a conocer sus nombres. ¿Será acaso porque en estos tiempos, en los que impera la sinrazón y la cólera, muchos de nosotros nos dejamos arrastrar enceguecidos por el miedo y comenzamos a sentir que las vidas de esos niños no son dignas de ser vividas y por lo tanto deben ser abandonados por el Estado o a su suerte o a la muerte aleatoria detrás de los muros de una cárcel?


(*) Gabriel Ganón es defensor oficial provincial en Santa Fe.
de:
Pelota de trapo

sábado, 18 de junio de 2011

TRECE PIBES MENOS



Por Silvana Melo
Lunes, 13 de Junio de 2011 09:49
(APe).- Cuna de angelitos sigue siendo Salta. Los niños se esfuman como burbujas de jabón y con ellos se va ajando la piel de la utopía. Se mueren de hambre. Son muertos, asesinados, exterminados como la semilla de la rebeldía. Cada niño que nace es la esperanza de volver al mundo patas arriba. De devolver la riqueza a las manos de los saqueados. De encenderle luz a un país que le desactiva el farol a cada ochava del futuro. Trece niños de poco menos o poco más que un año se han muerto desde enero a junio en Salta.
Brisa Castillo tenía apenas ocho meses. Respiraba fatigosamente en la misión wichi Salí, cerca de Embarcación. Frágil como un cristalito murió el 20 de mayo en el Hospital de Orán. Presentaba un “cuadro de desnutrición agravado por una infección respiratoria”. Ocho meses logró sobrevivir en la humedad de la tierra olvidada, puesta a brillar como una lentejuela en el barro. Ocho meses atrás nacía y en ella se alzaba en llamas una esperanza. Es que cada niño que nace trae bajo la lengua la semilla de la rebeldía. Bajo el brazo el pan multiplicador. En los ojos la chispa de todas las revoluciones que no fueron. Por eso los acallan y los malalimentan. Y tantos se mueren antes de tener fuerzas para soplar una vela en el oscuro, sobre la torta del porvenir.
Depende de dónde se nace para intuir cuándo se muere. Un bebé que nace en Formosa, en Embarcación, en Tartagal, tiene tres veces más probabilidades de no llegar a cumplir un año que un niño que nace en Belgrano o en Caballito. Más de veinte certificados de defunción diarios en todo el país determinan con un eufemismo cómplice que los niños mueren de paros cardiorrespiratorios. Detrás de la causa obvia, generalizada, está el hambre. Las enfermedades parientas, evitables, desencadenadas, convocan a la muerte cebada y lujuriosa, en los hospitales colapsados por falta de médicos, enfermeras, insumos y presupuesto.
Alit Morena Pacheco tenía la piel mate y se le achinaban los ojos cuando amenazaba con llorar. Un año y cinco meses de vida guaraní en Villa Rallé, en Pichanal. Hasta que el 8 de junio no pudo más. Las fuerzas no le alcanzaron nunca para caminar. Ni para hablar. Sus huesitos se quebraban con un soplo. No supo lo que era el agua buena, el calcio, las proteínas, los nutrientes, la leche tibia de las mañanas. Cuadro de desnutrición extrema, según el riguroso certificado de defunción del Hospital de Orán. Murió, dice el Tribuno de Salta que explican en el Hospital, por “shock séptico, a causa de neumonía bifocal derecho, anemia, y por un cuadro de desnutrición extremo que en términos médicos se conoce como kwashiorkor”. Una palabra impronunciable, tan compleja, para hablar de hambre. El kwashiorkor es un asesino de niños. Una enfermedad del abandono, un dolor de la intemperie, un crimen del desprecio. “Es provocada por la ausencia de nutrientes, como las proteínas en la dieta. Los signos de Kwashiorkor incluyen abombamiento abdominal, coloración rojiza del cabello y despigmentación de la piel”.
La Argentina tiene apenas el 0.65% de la población mundial. Produce el 1.61% de la carne y el 1.51% de los cereales que se consumen en el planeta. Pero nueve millones de chicos tienen hambre. Casi tres mil se mueren anualmente por desnutrición. Y otros tantos por hambres escondidas en fiesta de disfraz.
Mayra Ramos apretó el botoncito a la una y media de la mañana del 7 de junio. Lo tenía en la palma de la mano y sólo tuvo que cerrar el puño, con su último aliento. En segundos, no más, las alas se abrieron a la altura de los omóplatos. Y Mayra se diluyó en un vuelo azul, hacia un cielo donde la felicidad corre en arroyitos de leche y miel. Vivía a diez cuadras del Hospital de Orán. En una casita de aire y chapas, con veintidós personas más. Pesaba seis kilos cuando llegó al Hospital. La mitad de lo que pesa un bebé de once meses que no esté condenado desde el origen. Que no haya llegado al mundo como resaca de la vida. Como sobra que fastidia. Mayra iba a cumplir un año el 17 de junio. No tendría más cumpleaños que una mamadera de agua verde y un pancito imposible. En febrero su madre la había llevado al Hospital. Pesaba cuatro kilos y la dieron de alta. Nadie la vio, sin embargo. Pudo ser ella la esperanza del mundo, cuando nació como una llamita de fósforo tenue en medio de la más rotunda oscuridad. Pero no fue. No pudo. La vulneró la atroz paradoja de nacer en una tierra con leche en sus venas y banquetes que brotan de su dermis. Nacer en el país del alimento. Y morir de hambre.
Mayra, como uno de los niños desnutridos de cada tres que se cuentan en Salta, debió ser controlada por el sistema de Atención Primaria de la Salud (APS) cada 15 días. Pero nadie la vio. Es que la casilla de aire y chapa amontonaba a veintitrés. Y ella era tan pequeña. Tan pequeña.

*****

Se mueren y con ellos se muere la esperanza de cambiarlo todo. La subversión de lo establecido. El sueño de dar vuelta el orden como una media. Y que se encuentren arriba, de pronto, todos los condenados de la tierra.
“Allí están los niños que no figuraban en la preocupación de nadie porque no podían votar, ni podían prestar sus nombres inocentes para las sucesivas farsas electorales con que se pretendía demorar el despertar de nuestro pueblo. Allí agonizaban subalimentados, enfermos, los hijos de los mismos que creaban la riqueza y que no tenían ante ello otro futuro que el hospital, la miseria y la desesperación, o el delito.” Eva. Sesenta años atrás.
Agencia de Noticias de Niñez y Juventud Pelota de Trapo (APE) / albmor@pelotadetrapo.org.ar
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lunes, 9 de mayo de 2011

EL ALARIDO EN LLAMAS

El alarido en llamas
Lunes, 02 de Mayo de 2011 09:13
portinari12(APe).- Cuando Graciela Araya chasqueó el encendedor sobre su cuerpo empapado de nafta, no era una excluida. Era un mosaico des-privilegiado de un Estado que implica, como base constitutiva, la inequidad. Un monstruo multicéfalo, el Leviatán de Hobbes, que no desecha al estado de naturaleza fuera de las fronteras de su originario pacto social sino que sostiene su esencia en la médula de la violencia y la desigualdad.
Sólo soñaba una casa. Una casita. Con mesa y mantel y una cena tranquila después del arduo peregrinar pirquinero. Del derrotero penoso del colador cotidiano que a veces retiene la arenilla dorada. Y es una fiesta la migaja caída de la gran boca de la Barrick que quiere devorarse las entrañas del Famatina. Del cerro dorado que pone los pies para que la gente sin tierra le arrime sus chapas. Una casita. Nada más. Donde descansar los huesos y oír respirar a los niños como un duenderío de las madrugadas.
El pacto que encarna ese Estado donde ella no era una excluida es, dice Alessandro Baratta, “un pacto entre una minoría de iguales que excluyó de la ciudadanía a todos los que eran diferentes. Un pacto de propietarios, blancos, hombres y adultos para excluir y dominar a individuos pertenecientes a otras etnias, mujeres, pobres y, sobre todo, niños”. Y en la segunda pata de este pacto desigual dominante - dominado entrañó a las gracielas arayas de los arrabales del mundo. Puestas a ocupar el vértice de la historia donde se talan los sueños y se bajan las persianas del amanecer.
Cuando chasqueó el encendedor sobre su cuerpo empapado de nafta era una silente, una invisible, una desterrada. Con su propio fuego se hizo ver. Brilló de pronto, como el oro que aparece muy de vez en vez en la rejilla.
Vivía con su familia en un campamento minero, con módulos de chapa. Ella y su marido tienen la espalda arqueada y se les clava el destino como una faca en la cintura. Viven de juntar el oro que se lleva el río. A veces los días y las noches desfilan como fantasmas envelados, desvelados, sin que el barro descuelgue un brillo mínimo en el torrente.
Ella soñó con una casa. Una casita breve, con bloques encimados, puerta y ventana como para asomar a las lluvias persistentes del verano. No más que eso. El intendente se la prometió una vez. Pero hay memorias tenues. Y planes definidos que la necesitan a Graciela Araya sin techo y en el borde para subsistir en su estructura destinada al sustento de los privilegiados. Que no es sin el descarte de los otros. Sin la desigualdad sistemática y sistémica. Sin la violencia intrínseca del despojo y la literal del castigo.
Cansada de esperar, harta de espiar por la mirilla los actos oficiales, con el desasosiego del no tácito, ni siquiera pronunciado, Graciela Araya se paró delante del palco donde el intendente de Famatina festejaba el aniversario del pueblo entregando viviendas. Buscó los ojos del intendente, quiso que la viera, deseó conectarle la tenue memoria. Pero vio la chapa de sus paredes sin ventana donde asomar a su puesta del sol pirquinera. Y pisó su suelo doméstico de tierra y piedras que se humedece a la noche cuando tiene que acalorar el catarro de sus niños a fuerza de pecho y nanas.
Cuando chasqueó el encendedor sobre su cuerpo empapado de nafta supo que ésa era su rebelión. Su pequeña y anónima revolución. El fuego y el olor de su ropa y de su carne quemada escandalizaron la fiesta social y el cumpleaños selectivo.
Su incendio público fue su insurrección personal. Pero también el grito extemporáneo de los silentes y los confinados. El alarido en llamas de los nadie.


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domingo, 1 de mayo de 2011

LOS OTROS


Los otros 05/04/11 Por Claudia Rafael

(APe).- El día en que Ruth Paradies montó sobre el tren en la estación ferroviaria de Berlín supo que su partida ya no tendría vuelta atrás. Tal vez por eso no giró la cabeza para mirar a los ojos de su madre. Tal vez por eso se aferró a otros adolescentes judíos que, como ella, buscaban huir de aquella Alemania nazi hacia un lugar en el mundo que se abriera a su paso como tierra nueva. Y sin imaginar que cuarenta años más tarde, los dictadores argentinos torturarían con más saña a su hijo menor -al que aún no soñaba concebir- por su calidad de judío. Las migraciones en el mundo han acompañado la historia misma de la humanidad como un sello indeleble. Colectivos humanos que dejan atrás esa patria que los aplasta, los persigue, los hambrea y les alza tantas veces ante los ojos una desbordante opulencia. Con la ñata contra el vidrio, los bienestares de los detentadores de derechos pasan ante los propios ojos con la ostentación de los poderosos. Fronteras adentro y fronteras afuera de la propia tierra los desarrapados se elevan con celeridad a la categoría definitiva de “los otros”. Un informe estadístico de la Secretaría de Derechos Humanos bonaerense concluyó que los pobres y los inmigrantes son víctimas de la discriminación en mucha mayor medida que los homosexuales o los enfermos de sida. Encabezan la lista los pobres, con el 67,5 por ciento seguidos por los inmigrantes de naciones limítrofes, con el 48,9 por ciento. Aunque a la hora de medir incidentes concretos el 28,8 por ciento fueron las discriminaciones por el color de la piel; el 27,5 por ciento, por xenofobia y el 21,2 por ciento por nivel socioeconómico. Mucho más abajo en la pirámide aparecen las conductas segregatorias hacia discapacitados, homosexuales y portadores de Hiv. Cuando Ricardo Bucio Mugica, presidente de la Comisión para Prevenir la Discriminación de México, decía que “la discriminación es una práctica social excluyente que ha sido construída histórica y socialmente” ponía el eje de su mirada en esa categorización entre “nosotros y los otros”. Categorización en la que cabe de lleno la definición de la antropóloga Dolores Juliano cuando plantea que “a todos 1os grupos subalternos se les ofrece la misma falsa disyuntiva: integrarse en la cultura dominante, transformándose en malas copias o mantener su especificidad al precio de la desvalorización. Esto es inevitable si no se cuestiona la premisa mayor implícita: la validez más elevada de 1os logros culturales de la sociedad receptora”. El gran interrogante, sin embargo, radica en las responsabilidades del poder en la construcción de esos “enemigos” sobre los que habrá que hacer caer no sólo el peso agobiante de “la ley” sino además en el abono de la mirada de recelo y sospecha de los que todavía “pertenecen”. Cabe analizar los discursos del poder que propiciaron históricamente la identificación de pobres con delincuentes. Durante los devoradores años 90 hubo varios gobiernos provinciales que ofrecían a comitivas de desocupados el traslado a otras provincias con promesas vanas de trabajo cosechas temporales en tren de combatir la “delincuencia”. Pero no es necesario ir tan lejos en el tiempo. Porque la mirada sistemática de soslayo que la infancia ha tenido y sigue teniendo tiene directa relación con su expuesta vulnerabilidad. No es casual que los chicos -más aún si son adolescentes- en situación de calle sean ubicados en la categoría de “potenciales delincuentes”. Si bien desde el territorio del derecho se insiste en negar la “criminalización de la pobreza” como práctica actual, sigue constituyendo delito dormir en las calles, asustarse y huir ante la llegada de la policía. Entonces ¿puede alarmarnos acaso que el 67,5 por ciento de los pobres sean discriminados o que también lo sean el 48,9 por ciento de los inmigrantes? Podríamos darle miradas sociales, políticas o económicas y también podríamos remontarnos a aquellas viejas prácticas de extranjerizar al nativo que tan bien ponían en práctica los colonizadores de estas tierras. Pero también se podría hacer un salto al 2000 y a aquella tapa de “La Primera”, la revista que dirigía Daniel Hadad, en la que se leía como título central “la invasión silenciosa” sobre la imagen de un joven morocho, de cabello renegrido, labios anchos y desdentado, con una bandera argentina y el obelisco detrás. Y en la que se publicaban frases como “el nuevo inmigrante sería como un insecto invasor y depredador”, “hoy utilizan nuestros hospitales y escuelas, toman plazas y casas, ocupan veredas, y les quitan el trabajo a los argentinos”, “llegan a Buenos Aires a punto de parir y dan a luz en un hospital público” o “como los peruanos comen parados, parte de la comida cae sobre la vereda”. Y, sin ir tan lejos, se podría viajar en el tiempo a las tomas de tierras en el Parque Indoamericano y al jefe de gobierno, Mauricio Macri, diciendo que la semilla de todos los desmadres arrancaba con la “inmigración desenfrenada”. Y refrendado luego en las coberturas periodísticas: en Canal 9 se utilizó la palabra “intrusos” de “varios de los ocupas, habitantes de la Villa 20 que en gran parte son oriundos de países vecinos”; en Radio Mitre, una periodista planteó que “estoy de acuerdo con que en la Argentina hay una inmigración desenfrenada. Y me hago cargo de lo que digo: acá hay inmigración de baja calidad”. O, en 2009, a las tierras de Gustavo Posse mientras hacía construir un murallón que frenara “la acción delictiva” de los que vivían más allá del bienestar de los incluidos. Pobres, inmigrantes, desclasados, excluidos, expatriados, desterrados, expulsados, descartados, relegados, olvidados, perseguidos, vapuleados, segregados, abandonados, vulnerados. Son los condenados de la tierra. Los que no tienen. Los que no poseen. Los que no tienen derecho a reir desmedidamente hasta que el estómago duela de felicidad. Los que persiguen los gobiernos y despechan los integrados. Los que no tienen y golpean las puertas que separan sus pasos de la lejana patria de la dignidad.

sábado, 1 de enero de 2011

villa Soldati 2

APe).- Balas de plomo, itakas, disparos desde el puente hacia la villa 20 de Lugano y en Soldati. Violencia asesina de sueños y de ternuras que intenta talar toda semilla, aún antes de que asome y tome vuelo colectivo.

En el Parque Indoamericano los punteros vendían lotes por 900 a 3000 pesos. Decenas de desesperados sin casa, sin tierra, sin espacio para vivir pero vivos pagaron o firmaron pagar. El 90 por ciento no llega a la canasta familiar en el sur de la ciudad. Ni cerca.

Al parque con nombre de América india, de América fuego y río, no va nadie: está descuidado, los pastizales tienen la libertad del crecimiento infinito y al costado la Federal expone su cementerio de autos secuestrados. Allí les prometieron casas desde hace años.

En poquitas horas el Parque lleno de ratas, charcos podridos y desidia se llenó de gente. Traían los techos bajo el brazo y la Justicia demoró apenas minutos en ordenar el desalojo. En segundos la Policía Federal, la Metropolitana y la Guardia de Infantería entraron con armas, carros hidrantes, patrulleros y bota fuerte. Murieron “El Gallo” Bernardo Salgueiro y Rosamery Puña, una vecina boliviana de 28 años. Hay decenas de heridos. Una nenita de dos años tiene un balazo en el cuerpo. Wilson Fernández Prieto, cuñado de “El Gallo”, pelea por su vida en el Piñeyro.

El joven paraguayo vivía en la villa 20 con sus 18 hermanos. Era albañil. La mujer boliviana salió a ver qué pasaba. La bala la atravesó en el costado.

Las policías entraron al parque equipados como para repeler la invasión de un ejército enemigo. Mataron y llevaron detenidos a decenas de hombres y mujeres a la Comisaría 36.

Aunque el ministro de Espacio Público del gobierno porteño, Diego Santilli, había asegurado que el “operativo de desalojo había terminado bien”, que “no se habían producido incidentes graves”.

La tierra es ancha, se dobla con el horizonte. Y generalmente es ajena. Miles. Decenas de miles no tienen ni tendrán espacio en la tierra. La tierra es sueño. La tierra es futuro. Es pie seguro y es techo. Construir futuro es edificar un lugar en el mundo. Lo saben los qom formoseños. Lo sabe Mariano Ferreyra. Lo saben los excluidos de Soldati.

Cuatro muertos en un mes y medio. Cuatro balazos contra los que asoman de vez en cuando de los confines de la noche a la que fueron expulsados.

La muerte es la herramienta más eficiente para re-encender el silencio.

NR: artículo tomado de Agencia de Noticias Pelota de Trapo

Agencia de Noticias de Niñez y Juventud Pelota de Trapo (APE) / albmor@pelotadetrapo.org.ar
Uruguay 209 / Avellaneda / Buenos Aires / 4209-5109 / 4208-4341
Por una Comunicación Alternativa / En alianza conEdición: 2002

Siguen muriendo niños de hambe


En el país de la abundancia,
Los niños mueren de hambre.
El país del trigo,
La soja que no se moja,
Las vaquitas ajenas,
El hambre propio.
No son productores,
Son asesinos,
Quien puede dar de comer y no lo da,
Carga en su conciencia (¿la tienen?).
Con la muerte de un niño.
Un abuelo.
¿Hasta cuando?
Hasta que la justicia sea Justicia.
Hasta que la tierra vuelva a ser patrimonio de la Humanidad,
Y no patrimonio de los patrones usurpadores.

Agencia de Noticias de Niñez y Juventud Pelota de Trapo (APE) / albmor@pelotadetrapo.org.ar
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el señor xenofobia


Hay un pueblo avasallado y masacrado hace mas de quinientos años.
Aún hoy, hijos de esta tierra,
son humillados , asesinados y explotados.
Son nuestros padres,
Ellos nos recibieron,
Nos soportaron y nos siguen soportando.
La inmigración pobre que vino a hacer la América,
Hizo la América pero se olvidó de los Americanos,
Los verdaderos, no los del norte,
Los auténticos.
El señor xenofobia, hijo de inmigrantes,
los segrega, pero los explota.
Los utiliza y los destroza.
Hasta cuándo.
¿Será quizás que no está solo?
El poder, maldito poder, todo lo corrompe y lo destruye.
El señor xenofobia y sus acólitos por ahora triunfan,
Pero la mugre les sale por los poros y los cubre
Me da asco.