sábado, 18 de junio de 2011

TRECE PIBES MENOS



Por Silvana Melo
Lunes, 13 de Junio de 2011 09:49
(APe).- Cuna de angelitos sigue siendo Salta. Los niños se esfuman como burbujas de jabón y con ellos se va ajando la piel de la utopía. Se mueren de hambre. Son muertos, asesinados, exterminados como la semilla de la rebeldía. Cada niño que nace es la esperanza de volver al mundo patas arriba. De devolver la riqueza a las manos de los saqueados. De encenderle luz a un país que le desactiva el farol a cada ochava del futuro. Trece niños de poco menos o poco más que un año se han muerto desde enero a junio en Salta.
Brisa Castillo tenía apenas ocho meses. Respiraba fatigosamente en la misión wichi Salí, cerca de Embarcación. Frágil como un cristalito murió el 20 de mayo en el Hospital de Orán. Presentaba un “cuadro de desnutrición agravado por una infección respiratoria”. Ocho meses logró sobrevivir en la humedad de la tierra olvidada, puesta a brillar como una lentejuela en el barro. Ocho meses atrás nacía y en ella se alzaba en llamas una esperanza. Es que cada niño que nace trae bajo la lengua la semilla de la rebeldía. Bajo el brazo el pan multiplicador. En los ojos la chispa de todas las revoluciones que no fueron. Por eso los acallan y los malalimentan. Y tantos se mueren antes de tener fuerzas para soplar una vela en el oscuro, sobre la torta del porvenir.
Depende de dónde se nace para intuir cuándo se muere. Un bebé que nace en Formosa, en Embarcación, en Tartagal, tiene tres veces más probabilidades de no llegar a cumplir un año que un niño que nace en Belgrano o en Caballito. Más de veinte certificados de defunción diarios en todo el país determinan con un eufemismo cómplice que los niños mueren de paros cardiorrespiratorios. Detrás de la causa obvia, generalizada, está el hambre. Las enfermedades parientas, evitables, desencadenadas, convocan a la muerte cebada y lujuriosa, en los hospitales colapsados por falta de médicos, enfermeras, insumos y presupuesto.
Alit Morena Pacheco tenía la piel mate y se le achinaban los ojos cuando amenazaba con llorar. Un año y cinco meses de vida guaraní en Villa Rallé, en Pichanal. Hasta que el 8 de junio no pudo más. Las fuerzas no le alcanzaron nunca para caminar. Ni para hablar. Sus huesitos se quebraban con un soplo. No supo lo que era el agua buena, el calcio, las proteínas, los nutrientes, la leche tibia de las mañanas. Cuadro de desnutrición extrema, según el riguroso certificado de defunción del Hospital de Orán. Murió, dice el Tribuno de Salta que explican en el Hospital, por “shock séptico, a causa de neumonía bifocal derecho, anemia, y por un cuadro de desnutrición extremo que en términos médicos se conoce como kwashiorkor”. Una palabra impronunciable, tan compleja, para hablar de hambre. El kwashiorkor es un asesino de niños. Una enfermedad del abandono, un dolor de la intemperie, un crimen del desprecio. “Es provocada por la ausencia de nutrientes, como las proteínas en la dieta. Los signos de Kwashiorkor incluyen abombamiento abdominal, coloración rojiza del cabello y despigmentación de la piel”.
La Argentina tiene apenas el 0.65% de la población mundial. Produce el 1.61% de la carne y el 1.51% de los cereales que se consumen en el planeta. Pero nueve millones de chicos tienen hambre. Casi tres mil se mueren anualmente por desnutrición. Y otros tantos por hambres escondidas en fiesta de disfraz.
Mayra Ramos apretó el botoncito a la una y media de la mañana del 7 de junio. Lo tenía en la palma de la mano y sólo tuvo que cerrar el puño, con su último aliento. En segundos, no más, las alas se abrieron a la altura de los omóplatos. Y Mayra se diluyó en un vuelo azul, hacia un cielo donde la felicidad corre en arroyitos de leche y miel. Vivía a diez cuadras del Hospital de Orán. En una casita de aire y chapas, con veintidós personas más. Pesaba seis kilos cuando llegó al Hospital. La mitad de lo que pesa un bebé de once meses que no esté condenado desde el origen. Que no haya llegado al mundo como resaca de la vida. Como sobra que fastidia. Mayra iba a cumplir un año el 17 de junio. No tendría más cumpleaños que una mamadera de agua verde y un pancito imposible. En febrero su madre la había llevado al Hospital. Pesaba cuatro kilos y la dieron de alta. Nadie la vio, sin embargo. Pudo ser ella la esperanza del mundo, cuando nació como una llamita de fósforo tenue en medio de la más rotunda oscuridad. Pero no fue. No pudo. La vulneró la atroz paradoja de nacer en una tierra con leche en sus venas y banquetes que brotan de su dermis. Nacer en el país del alimento. Y morir de hambre.
Mayra, como uno de los niños desnutridos de cada tres que se cuentan en Salta, debió ser controlada por el sistema de Atención Primaria de la Salud (APS) cada 15 días. Pero nadie la vio. Es que la casilla de aire y chapa amontonaba a veintitrés. Y ella era tan pequeña. Tan pequeña.

*****

Se mueren y con ellos se muere la esperanza de cambiarlo todo. La subversión de lo establecido. El sueño de dar vuelta el orden como una media. Y que se encuentren arriba, de pronto, todos los condenados de la tierra.
“Allí están los niños que no figuraban en la preocupación de nadie porque no podían votar, ni podían prestar sus nombres inocentes para las sucesivas farsas electorales con que se pretendía demorar el despertar de nuestro pueblo. Allí agonizaban subalimentados, enfermos, los hijos de los mismos que creaban la riqueza y que no tenían ante ello otro futuro que el hospital, la miseria y la desesperación, o el delito.” Eva. Sesenta años atrás.
Agencia de Noticias de Niñez y Juventud Pelota de Trapo (APE) / albmor@pelotadetrapo.org.ar
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lunes, 9 de mayo de 2011

EL ALARIDO EN LLAMAS

El alarido en llamas
Lunes, 02 de Mayo de 2011 09:13
portinari12(APe).- Cuando Graciela Araya chasqueó el encendedor sobre su cuerpo empapado de nafta, no era una excluida. Era un mosaico des-privilegiado de un Estado que implica, como base constitutiva, la inequidad. Un monstruo multicéfalo, el Leviatán de Hobbes, que no desecha al estado de naturaleza fuera de las fronteras de su originario pacto social sino que sostiene su esencia en la médula de la violencia y la desigualdad.
Sólo soñaba una casa. Una casita. Con mesa y mantel y una cena tranquila después del arduo peregrinar pirquinero. Del derrotero penoso del colador cotidiano que a veces retiene la arenilla dorada. Y es una fiesta la migaja caída de la gran boca de la Barrick que quiere devorarse las entrañas del Famatina. Del cerro dorado que pone los pies para que la gente sin tierra le arrime sus chapas. Una casita. Nada más. Donde descansar los huesos y oír respirar a los niños como un duenderío de las madrugadas.
El pacto que encarna ese Estado donde ella no era una excluida es, dice Alessandro Baratta, “un pacto entre una minoría de iguales que excluyó de la ciudadanía a todos los que eran diferentes. Un pacto de propietarios, blancos, hombres y adultos para excluir y dominar a individuos pertenecientes a otras etnias, mujeres, pobres y, sobre todo, niños”. Y en la segunda pata de este pacto desigual dominante - dominado entrañó a las gracielas arayas de los arrabales del mundo. Puestas a ocupar el vértice de la historia donde se talan los sueños y se bajan las persianas del amanecer.
Cuando chasqueó el encendedor sobre su cuerpo empapado de nafta era una silente, una invisible, una desterrada. Con su propio fuego se hizo ver. Brilló de pronto, como el oro que aparece muy de vez en vez en la rejilla.
Vivía con su familia en un campamento minero, con módulos de chapa. Ella y su marido tienen la espalda arqueada y se les clava el destino como una faca en la cintura. Viven de juntar el oro que se lleva el río. A veces los días y las noches desfilan como fantasmas envelados, desvelados, sin que el barro descuelgue un brillo mínimo en el torrente.
Ella soñó con una casa. Una casita breve, con bloques encimados, puerta y ventana como para asomar a las lluvias persistentes del verano. No más que eso. El intendente se la prometió una vez. Pero hay memorias tenues. Y planes definidos que la necesitan a Graciela Araya sin techo y en el borde para subsistir en su estructura destinada al sustento de los privilegiados. Que no es sin el descarte de los otros. Sin la desigualdad sistemática y sistémica. Sin la violencia intrínseca del despojo y la literal del castigo.
Cansada de esperar, harta de espiar por la mirilla los actos oficiales, con el desasosiego del no tácito, ni siquiera pronunciado, Graciela Araya se paró delante del palco donde el intendente de Famatina festejaba el aniversario del pueblo entregando viviendas. Buscó los ojos del intendente, quiso que la viera, deseó conectarle la tenue memoria. Pero vio la chapa de sus paredes sin ventana donde asomar a su puesta del sol pirquinera. Y pisó su suelo doméstico de tierra y piedras que se humedece a la noche cuando tiene que acalorar el catarro de sus niños a fuerza de pecho y nanas.
Cuando chasqueó el encendedor sobre su cuerpo empapado de nafta supo que ésa era su rebelión. Su pequeña y anónima revolución. El fuego y el olor de su ropa y de su carne quemada escandalizaron la fiesta social y el cumpleaños selectivo.
Su incendio público fue su insurrección personal. Pero también el grito extemporáneo de los silentes y los confinados. El alarido en llamas de los nadie.


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domingo, 1 de mayo de 2011

LOS OTROS


Los otros 05/04/11 Por Claudia Rafael

(APe).- El día en que Ruth Paradies montó sobre el tren en la estación ferroviaria de Berlín supo que su partida ya no tendría vuelta atrás. Tal vez por eso no giró la cabeza para mirar a los ojos de su madre. Tal vez por eso se aferró a otros adolescentes judíos que, como ella, buscaban huir de aquella Alemania nazi hacia un lugar en el mundo que se abriera a su paso como tierra nueva. Y sin imaginar que cuarenta años más tarde, los dictadores argentinos torturarían con más saña a su hijo menor -al que aún no soñaba concebir- por su calidad de judío. Las migraciones en el mundo han acompañado la historia misma de la humanidad como un sello indeleble. Colectivos humanos que dejan atrás esa patria que los aplasta, los persigue, los hambrea y les alza tantas veces ante los ojos una desbordante opulencia. Con la ñata contra el vidrio, los bienestares de los detentadores de derechos pasan ante los propios ojos con la ostentación de los poderosos. Fronteras adentro y fronteras afuera de la propia tierra los desarrapados se elevan con celeridad a la categoría definitiva de “los otros”. Un informe estadístico de la Secretaría de Derechos Humanos bonaerense concluyó que los pobres y los inmigrantes son víctimas de la discriminación en mucha mayor medida que los homosexuales o los enfermos de sida. Encabezan la lista los pobres, con el 67,5 por ciento seguidos por los inmigrantes de naciones limítrofes, con el 48,9 por ciento. Aunque a la hora de medir incidentes concretos el 28,8 por ciento fueron las discriminaciones por el color de la piel; el 27,5 por ciento, por xenofobia y el 21,2 por ciento por nivel socioeconómico. Mucho más abajo en la pirámide aparecen las conductas segregatorias hacia discapacitados, homosexuales y portadores de Hiv. Cuando Ricardo Bucio Mugica, presidente de la Comisión para Prevenir la Discriminación de México, decía que “la discriminación es una práctica social excluyente que ha sido construída histórica y socialmente” ponía el eje de su mirada en esa categorización entre “nosotros y los otros”. Categorización en la que cabe de lleno la definición de la antropóloga Dolores Juliano cuando plantea que “a todos 1os grupos subalternos se les ofrece la misma falsa disyuntiva: integrarse en la cultura dominante, transformándose en malas copias o mantener su especificidad al precio de la desvalorización. Esto es inevitable si no se cuestiona la premisa mayor implícita: la validez más elevada de 1os logros culturales de la sociedad receptora”. El gran interrogante, sin embargo, radica en las responsabilidades del poder en la construcción de esos “enemigos” sobre los que habrá que hacer caer no sólo el peso agobiante de “la ley” sino además en el abono de la mirada de recelo y sospecha de los que todavía “pertenecen”. Cabe analizar los discursos del poder que propiciaron históricamente la identificación de pobres con delincuentes. Durante los devoradores años 90 hubo varios gobiernos provinciales que ofrecían a comitivas de desocupados el traslado a otras provincias con promesas vanas de trabajo cosechas temporales en tren de combatir la “delincuencia”. Pero no es necesario ir tan lejos en el tiempo. Porque la mirada sistemática de soslayo que la infancia ha tenido y sigue teniendo tiene directa relación con su expuesta vulnerabilidad. No es casual que los chicos -más aún si son adolescentes- en situación de calle sean ubicados en la categoría de “potenciales delincuentes”. Si bien desde el territorio del derecho se insiste en negar la “criminalización de la pobreza” como práctica actual, sigue constituyendo delito dormir en las calles, asustarse y huir ante la llegada de la policía. Entonces ¿puede alarmarnos acaso que el 67,5 por ciento de los pobres sean discriminados o que también lo sean el 48,9 por ciento de los inmigrantes? Podríamos darle miradas sociales, políticas o económicas y también podríamos remontarnos a aquellas viejas prácticas de extranjerizar al nativo que tan bien ponían en práctica los colonizadores de estas tierras. Pero también se podría hacer un salto al 2000 y a aquella tapa de “La Primera”, la revista que dirigía Daniel Hadad, en la que se leía como título central “la invasión silenciosa” sobre la imagen de un joven morocho, de cabello renegrido, labios anchos y desdentado, con una bandera argentina y el obelisco detrás. Y en la que se publicaban frases como “el nuevo inmigrante sería como un insecto invasor y depredador”, “hoy utilizan nuestros hospitales y escuelas, toman plazas y casas, ocupan veredas, y les quitan el trabajo a los argentinos”, “llegan a Buenos Aires a punto de parir y dan a luz en un hospital público” o “como los peruanos comen parados, parte de la comida cae sobre la vereda”. Y, sin ir tan lejos, se podría viajar en el tiempo a las tomas de tierras en el Parque Indoamericano y al jefe de gobierno, Mauricio Macri, diciendo que la semilla de todos los desmadres arrancaba con la “inmigración desenfrenada”. Y refrendado luego en las coberturas periodísticas: en Canal 9 se utilizó la palabra “intrusos” de “varios de los ocupas, habitantes de la Villa 20 que en gran parte son oriundos de países vecinos”; en Radio Mitre, una periodista planteó que “estoy de acuerdo con que en la Argentina hay una inmigración desenfrenada. Y me hago cargo de lo que digo: acá hay inmigración de baja calidad”. O, en 2009, a las tierras de Gustavo Posse mientras hacía construir un murallón que frenara “la acción delictiva” de los que vivían más allá del bienestar de los incluidos. Pobres, inmigrantes, desclasados, excluidos, expatriados, desterrados, expulsados, descartados, relegados, olvidados, perseguidos, vapuleados, segregados, abandonados, vulnerados. Son los condenados de la tierra. Los que no tienen. Los que no poseen. Los que no tienen derecho a reir desmedidamente hasta que el estómago duela de felicidad. Los que persiguen los gobiernos y despechan los integrados. Los que no tienen y golpean las puertas que separan sus pasos de la lejana patria de la dignidad.

sábado, 1 de enero de 2011

villa Soldati 2

APe).- Balas de plomo, itakas, disparos desde el puente hacia la villa 20 de Lugano y en Soldati. Violencia asesina de sueños y de ternuras que intenta talar toda semilla, aún antes de que asome y tome vuelo colectivo.

En el Parque Indoamericano los punteros vendían lotes por 900 a 3000 pesos. Decenas de desesperados sin casa, sin tierra, sin espacio para vivir pero vivos pagaron o firmaron pagar. El 90 por ciento no llega a la canasta familiar en el sur de la ciudad. Ni cerca.

Al parque con nombre de América india, de América fuego y río, no va nadie: está descuidado, los pastizales tienen la libertad del crecimiento infinito y al costado la Federal expone su cementerio de autos secuestrados. Allí les prometieron casas desde hace años.

En poquitas horas el Parque lleno de ratas, charcos podridos y desidia se llenó de gente. Traían los techos bajo el brazo y la Justicia demoró apenas minutos en ordenar el desalojo. En segundos la Policía Federal, la Metropolitana y la Guardia de Infantería entraron con armas, carros hidrantes, patrulleros y bota fuerte. Murieron “El Gallo” Bernardo Salgueiro y Rosamery Puña, una vecina boliviana de 28 años. Hay decenas de heridos. Una nenita de dos años tiene un balazo en el cuerpo. Wilson Fernández Prieto, cuñado de “El Gallo”, pelea por su vida en el Piñeyro.

El joven paraguayo vivía en la villa 20 con sus 18 hermanos. Era albañil. La mujer boliviana salió a ver qué pasaba. La bala la atravesó en el costado.

Las policías entraron al parque equipados como para repeler la invasión de un ejército enemigo. Mataron y llevaron detenidos a decenas de hombres y mujeres a la Comisaría 36.

Aunque el ministro de Espacio Público del gobierno porteño, Diego Santilli, había asegurado que el “operativo de desalojo había terminado bien”, que “no se habían producido incidentes graves”.

La tierra es ancha, se dobla con el horizonte. Y generalmente es ajena. Miles. Decenas de miles no tienen ni tendrán espacio en la tierra. La tierra es sueño. La tierra es futuro. Es pie seguro y es techo. Construir futuro es edificar un lugar en el mundo. Lo saben los qom formoseños. Lo sabe Mariano Ferreyra. Lo saben los excluidos de Soldati.

Cuatro muertos en un mes y medio. Cuatro balazos contra los que asoman de vez en cuando de los confines de la noche a la que fueron expulsados.

La muerte es la herramienta más eficiente para re-encender el silencio.

NR: artículo tomado de Agencia de Noticias Pelota de Trapo

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Siguen muriendo niños de hambe


En el país de la abundancia,
Los niños mueren de hambre.
El país del trigo,
La soja que no se moja,
Las vaquitas ajenas,
El hambre propio.
No son productores,
Son asesinos,
Quien puede dar de comer y no lo da,
Carga en su conciencia (¿la tienen?).
Con la muerte de un niño.
Un abuelo.
¿Hasta cuando?
Hasta que la justicia sea Justicia.
Hasta que la tierra vuelva a ser patrimonio de la Humanidad,
Y no patrimonio de los patrones usurpadores.

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el señor xenofobia


Hay un pueblo avasallado y masacrado hace mas de quinientos años.
Aún hoy, hijos de esta tierra,
son humillados , asesinados y explotados.
Son nuestros padres,
Ellos nos recibieron,
Nos soportaron y nos siguen soportando.
La inmigración pobre que vino a hacer la América,
Hizo la América pero se olvidó de los Americanos,
Los verdaderos, no los del norte,
Los auténticos.
El señor xenofobia, hijo de inmigrantes,
los segrega, pero los explota.
Los utiliza y los destroza.
Hasta cuándo.
¿Será quizás que no está solo?
El poder, maldito poder, todo lo corrompe y lo destruye.
El señor xenofobia y sus acólitos por ahora triunfan,
Pero la mugre les sale por los poros y los cubre
Me da asco.

sábado, 29 de diciembre de 2007

DESAPARECIDAS SILENCIOSAS


HAY MAS DE 500 (SI, QUINIENTAS) NIÑAS - ADOLESCENTES SECUESTRADAS DESAPARECIDAS Y VENDIDAS (SI, VENDIDAS) COMO ANIMALES AL INFAME COMERCIO DE LA PROSTITUCION INFANTIL. NADIE DICE NADA DE ESTO. SOLO SUS FAMILIARES NAUFRAGAN EN LA IMPOTENCIA DE BUSCAR EN LA OSCURIDAD.

MAÑANA PUEDE SER MI HIJA, O LA TUYA, O TU HERMANA.

GRITEMOS BASTA!!!!!!!!!! Y QUE APAREZCAN Y TODA LA FURIA DE LA LEY CAIGA SOBRE LOS RESPONSABLES.